Por Emerson Soriano
Imagen creada por IA.
67 años. Un pestañeo en el tiempo. Una acomodación óptica hacia un horizonte que no por próximo resulta menos incierto. Un trayecto recorrido sin reparar en la belleza del paisaje, sin detenerse en ningún tropiezo, como si avanzar hacia lo desconocido fuera lo único que importara, como un autómata, como un muñeco de cuerda que consume ésta sin advertir cuándo, cómo ni dónde se detendrán los dientecitos de su engranaje y se agotará su movimiento. Un estar ahí, entre sueños y espejismos, que te ha distraído de forma alevosa para emboscarte sin reparos de la manera más cruel y despiadada cuando menos lo esperes impidiéndote ser, o seguir siendo.
67 años. Una ventisca unas veces, un huracán otras. Una cansada mirada que se disuelve entre amores y dolores. Unos pasos erráticos de huellas borrosas y deseosas de ser restauradas, o borradas, o reconstruidas, en fin, confusas e indecisas sobre su utilidad o perjuicio, si bien más temerosas de lo segundo que seguras de lo primero. Una sensible sacudida de los contornos del alma, a veces de apariencia infinita, o de finitud deseada, o, muy a pesar de todo, pretendidamente inacabable. Un eslabón, o suma de muchos eslabones forzosamente articulados para tejer una estera destinada a avanzar por caminos sinuosos, por entre las marismas que le dejarán por todo inventario la acaso inadvertida pátina esmeralda signo inequívoco de regreso a su verdadero origen, a su quididad.
67 años. Disimulación consciente del absurdo, acaso activada a partir de la sana pretensión de no desanimar a potenciales soñadores. Porque “la vida es sueño”, y sueños. Y si algo ha de hacerse bueno será no enturbiárselos a nadie: no anunciar al lobo, al fuego, al torrente, ni tanto menos a la borrasca. Dejar que lo que resulte sorprenda. De seguro será menos dolorosa la mordida, menos ardorosa la quemadura, menos asfixiante el líquido y tendrá menos vaivenes la deriva, o, ciertamente, devendrán menos duraderos uno u otro, pues no es tardío el hundimiento de la barca construida sin previsiones, y el camino malo es mejor que sea corto, o rápidamente recorrido.
67 años. Que pueden ser los suyos o los míos, porque, igual, se resuelven -o se disuelven- en el azaroso e incontrolable “yecto” compartido, en la inevitable incertidumbre de una existencia, en la ineludible finitud de todo cuanto se conoce, cuanto se tiene y cuanto hay. Una andadura por un mundo pretendidamente perteneciente a cada uno, inciertamente de todos y ciertamente de ninguno.
Ranchito de Piché, 11 de Febrero 2026
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